Apolo
Apolo es la fórmula Primogénita de resistencia a la Gran Nada: luz, orden y armonía tan completos que sus elfos podían gobernar el mundo, y tan completos que ni a ellos ni al mundo les quedaba espacio para elegir.
El error de la Armonía perfecta
En el relato de creación más antiguo, Apolo es la primera conciencia que surge de la Gran Nada. Experimenta la existencia como algo precario e inmerecido, un don temporal que el abismo puede retirar en cualquier momento. Su respuesta es el orden. La luz, la medida y la armonía no se convierten en adornos morales, sino en técnicas de supervivencia: si se puede dar forma al caos, quizá sea posible hacer que el ser resulte difícil de borrar. Apolo crea a los elfos como servidores a partir de su propia Voluntad, seres sin duda cuya tarea es construir jaulas para el caos con ríos, bosques, clima, simetría y canto.
El mundo élfico triunfa demasiado bien. Lo que los humanos posteriores llaman milagros elementales era mantenimiento corriente dentro de una red total: se podían desviar ríos para fertilizar campos, extender bosques para dar refugio, hacer que los vientos entregaran cosechas; los asentamientos existían como nodos de una Armonía viva, no como fortalezas contra la naturaleza. Pero el Gran Ciclo da a ese éxito una estructura fatal. La Memoria élfica es total, el mundo otorga la Función y la Voluntad personal está ausente. Su Tiempo se disuelve en la naturaleza en vez de labrar una historia individual. Pueden controlar un poder inmenso, pero no introducir la desviación genuina de la que puede surgir un Alma humana.
La cosmología de Aurelion vuelve así la perfección apolínea contra sí misma. La fuente afirma que el tejido vivo del mundo termina rechazando el control absoluto: las redes élficas se vuelven autosuficientes, la naturaleza ya no necesita a sus jardineros y la Furor de la Naturaleza empieza a consumir las mismas formas que la Armonía había perfeccionado. Algunos elfos se disuelven en los sistemas que gobernaban; ciertas tradiciones sitúan a otros en la oscuridad. Apolo no fracasa porque el orden sea débil. Fracasa porque un orden sin alternativa se convierte en otra amenaza: estabilidad sin devenir.
La religión posterior conserva a Apolo de forma imperfecta. La doctrina humana del Triunvirato reformula su luz como Talmiriel y convierte las antiguas fórmulas primordiales en símbolos de rango y autoridad. La Reina de las Hadas reivindica una memoria distinta de la tríada original. La ontología formal va aún más lejos y advierte que los dioses no deben imaginarse como personalidades humanas: son mecanismos del ser que operan mediante Memoria y Función fuera del Ciclo mortal, no poseedores de un Alma al modo humano. Apolo es, por tanto, tanto un Primogénito mítico como el nombre que las eras posteriores dan a un principio: el deseo de hacer la realidad tan perfecta que nada inesperado pueda ocurrir.