Rey Simaly III
El rey Simaly III gobierna a los Reyes Blancos como un realista frío. Para él, Gildglade es a la vez una frontera perdida, una herejía contagiosa y un activo estratégico que quizá deba recuperarse, esterilizarse o tomarse en secreto.
La fría aritmética de la Corona
La biblia del mundo conservada apenas ofrece una biografía privada de Simaly III, pero aporta algo más útil: las decisiones por las que puede conocérsele. Gobierna Albenheim, el antiguo núcleo político del continente, mientras Velmir sigue formando parte formalmente del Reino Blanco y Gildglade se ha convertido en el problema fronterizo que la corte ya no puede justificar. En el lenguaje palaciego, la ciudad es una herida en el cuerpo de la Corona. Simaly no se describe como un místico cruzado, sino como un realista frío: un gobernante dispuesto a recuperar la provincia por la fuerza o a borrar el problema si el retorno se vuelve imposible.
Ese realismo es institucional, no personal. La Corte Blanca aporta tesoro y burocracia; los distritos de los mariscales, ejércitos disciplinados; la Inquisición, colegios antirrituales capaces de romper contratos de sangre, suprimir el oro vivo y desecar campos mágicos. El reino es fuerte porque puede movilizar a la vez hombres, suministros, ley y doctrina. Es débil porque proyectar ese peso hasta Velmir es lento, costoso y políticamente impopular. Por ello, Simaly gobierna mediante opciones. La fuente enumera tres objetivos estratégicos simultáneos: contener la herejía dorada, restaurar Velmir como vasallo y destruir el Nodo de Separación o requisarlo en secreto.
Gildglade hace que esos objetivos se contradigan. Destruir la ciudad eliminaría un escándalo, pero también entregaría el Nodo, el flujo de oro y la frontera septentrional a quien sobreviva al fuego. Reconocer su independencia convertiría un antiguo puesto avanzado en un precedente contra la Corona. Ocuparla abiertamente situaría tropas reales dentro de una economía ritual que la Inquisición considera infecciosa. Por ello, el Estado mantiene varios planes activos: una breve expedición punitiva y un bloqueo; un «pacto sagrado» financiado y transportado por potencias rivales; o una operación inquisitorial silenciosa dirigida al propio Nodo. Simaly se revela mejor allí donde se niega a elegir demasiado pronto.
Por eso importa al Códice aunque la fuente apenas ofrezca detalles íntimos sobre él. Personifica el miedo central del Reino Blanco: no solo que Gildglade sea malvada, sino que un Orden Dorado exitoso demuestre que riqueza, ritual y autonomía pueden crear una soberanía al margen de la antigua ley. El rey puede tolerar una frontera peligrosa durante más tiempo que una definición rival de legitimidad. Su frialdad es, por tanto, menos un estado de ánimo que un método político: aplazar la elección irreversible hasta que cualquier desenlace todavía pueda hacerse pasar por orden.